Presentación realizada en la Conferencia Internacional: "La Sociedad de la Información en las Américas" organizado por la Universidad de San Andrés y la Northwestern University en Buenos Aires en agosto de 2005.
La emergencia de las Tecnologías de la Información y Comunicación (TICs) han generado una abundante cantidad de estudios, comentarios y análisis que pretenden dar cuenta de los efectos que la presencia de este tipo de dispositivos genera dentro de la sociedad.
Este conjunto muy amplio de discursos describe, interpreta o comenta la transformación de diferentes prácticas sociales ligadas con los procesos comunicativos tanto en el plano individual como en el de las experiencias sociales.
Dentro de estas transformaciones los cambios que se producen en el ámbito cognitivo ocupan un lugar destacado. Es por ello que los conceptos de información y conocimiento son permanentemente aludidos den el marco de aquellos discursos que definen los usos y las consecuencias que las TICs tienen en nuestra sociedad.
Yo quisiera esta mañana llamar la atención sobre uno de los temas que se vinculan con este conjunto de procesos que llamamos “sociedad de la información” y que yo prefiero denomina como “sociedad del conociminento”.
Me refiero al tema de los AMBITOS sociales donde se desarrollan estos cambios, donde se verifican las prácticas sociales, cognitivas y culturales de los sujetos que hoy se encuentran impactados por las tics.
En la tradición sociológica, el análisis de los procesos de socialización en la tradición sociológica clásica reconoce una serie de elaboraciones que apuntan a dar cuenta de la manera en que los niños y adolescentes construyen su propia realidad y elaboran una cultura propia que les vuelve inteligible el mundo y les permite insertarse en las instituciones por las que habrán de transitar.
En su ya clásico texto La construcción social de la realidad, Berger y Luckmann han dado cuenta de los procesos de internalización del mundo, a los que definen como la forma por la cual un individuo aprende una porción del mundo objetivo y la vuelve significativa.
Sólo a partir de esta internalización, los niños y adolescentes se convierten en un miembro de la sociedad. En estas tempranas elaboraciones, los medios de comunicación no estaban presentes en la vida social ni formaban parte del entorno hogareño en el cual nacían y se socializaban estos niños y adolescentes.
Analizar hoy estos procesos y, sobre todo, pensar de manera más compleja el entorno de los hogares, de las instituciones y del espacio público en el que se socializan los niños y adolescentes incluye de manera cada vez más directa a los medios de comunicación.
En efecto, en los últimos 20 años el entorno tecnológico no solamente ha cambiado la morfología de nuestras sociedades (las formas de la organización del trabajo, la política, la cultura, el espacio público, etc.) sino también aquellos aspectos de la vida cotidiana que involucran las nuevas formas de comunicarse, difundir imágenes, consumir mensajes y producir sentidos desde y en nuestros hogares.
Los medios de comunicación, especialmente la televisión pero también el equipamiento de última generación: computadoras, cámaras digitales, equipos de audio, etc., han devenido objetos de atención obligatoria, ya que inciden tanto como la familia, el barrio y la escuela en la socialización de los niños y adolescentes.
Para pensar los medios desde esta perspectiva es necesario abandonar algunos prejuicios –que acompañan a ciertos pensamientos dominantes hoy sobre todo en los ámbitos educativos- sobre los medios, sus efectos y sobre sus formas de producir la sociedad.
La relación entre tecnologías y sociedad tiene una historia tan rica como difícil de analizar.
No resulta fácil establecer su impacto en las instituciones que le dieron forma a la modernidad o en las modalidades del pensamiento que caracterizaron a los últimos tres o cuatro últimos siglos, ya que implica pensar las modificaciones que se producen en la percepción del mundo cuando cambian los soportes de la cultura.
Muchos investigadores (McLuhan es uno de los más recordados) atribuyeron a las innovaciones técnicas y científicas la capacidad de modificar la relación del hombre con la cultura, la naturaleza, el orden familiar, el mundo del trabajo, la ciudad y la política.
En la modernidad, dos espacios sociales han despertado especialmente la atención (sobre todo en relación a las tecnologías y sus efectos sociales): el espacio público y los hogares. Y por supuesto, también el conjunto de instituciones por las que transitan los ciudadanos modernos.
En sus trabajos sobre la constitución del espacio público moderno, Jürgen Habermas ha insistido en la idea de que el hogar burgués fue siempre un territorio complejo, en el que no siempre resultó fácil establecer la línea demarcatoria entre la esfera pública y la privada.
Sin embargo, durante algunos siglos, el hogar fue pensado como un espacio social con reglas de poder completamente diferentes a las del Estado o de otras instituciones sociales. El lugar de la intimidad familiar y la vida doméstica, el reino de la autoridad paterna y de la crianza de los hijos, el espacio donde se combaten las fatigas, las enfermedades y las dolencias fueron algunas de sus características.
Al mismo tiempo, el hogar burgués fue un espacio privilegiado de la sociedad moderna donde tenía lugar la reproducción social: la educación, la transferencia de valores, de ideologías y credos religiosos.
A comienzos del siglo XVIII, los hogares europeos comenzaron a cambiar profundamente y se conformó una topografía en la que era posible distinguir espacios íntimos, privados y públicos.
Las zonas de privacidad incluían a los dormitorios, pero muy pronto se acoplaron los estudios (el espacio de retiro reservado al dueño de casa) y las bibliotecas.
Fueron la imprenta y el desarrollo de la escritura las que modificaron la geografía hogareña en la modernidad. La pluma y el libro abrieron espacios de intimidad dedicados al ejercicio privado de la lectura y la escritura, pero fueron también los elementos culturales que le dieron cabida en el hogar a un espacio de universalidad.
En rigor, el lugar de la intimidad en los hogares tiene corta historia.
En las sociedades antiguas lo íntimo no aparece nunca como algo fácil de distinguir dentro de las viviendas y recién a partir del renacimiento aparecen ámbitos diferenciados (en los hogares burgueses) que permiten una vida privada que preserve, por ejemplo, la intimidad de la pareja.
Más difícil es encontrar el concepto de “una habitación para cada uno”, y habrá que esperar todavía algunos siglos para que se generalice la idea de “habitación de los niños”.
Pero a partir del siglo XVIII, donde comienza a dibujarse una idea de hogar -y de uso y apropiación de los espacios que se hará popular en nuestro siglo-, podemos considerar que la geografía residencial establece las bases para los procesos de individuación de los hombres, las mujeres y los niños en términos modernos.
Javier Echeverría ha señalado que “la mayor parte de la vida de los seres humanos transcurre en las casas. Allí se procrea, se amamanta, se dan los primeros traspiés, se aprende a hablar, se juega, se come, se ama, se duerme y se descansa”.
Del mismo modo que las actividades públicas se desarrollan en las plazas, los teatros, las ciudades y los cafés , la vida íntima de desarrolla en el ámbito doméstico.
Pero este espacio doméstico sufrió grandes modificaciones con los efectos que produjo la revolución industrial a fines del siglo XIX.
Por un lado, el trabajo de la mujer (y su irrupción en el espacio público), más su progresiva incorporación al sistema educativo, cambiaron el lugar de lo femenino en la sociedad y en el hogar.
Por otra parte, la implantación en los hogares de los llamados servicios públicos cambiaron la geografía doméstica: el agua corriente, el gas, la electricidad, el correo, el teléfono y más tarde los electrodomésticos cambiaron la fisonomía y los vínculos del hogar con el exterior.
En esta historia, el teléfono fue la tecnología cuya incorporación al territorio hogareño produjo mayor impacto. Hasta su aparición a fines del siglo XIX, habían ingresado solamente los medios gráficos cuyo consumo, en términos generales, era restringido: para ello se requerían lectores, pero además su público estaba formado sobre todo por hombres y sus contenidos tenían que ver con su mundo: la política, la economía, las relaciones internacionales, las letras y algunos aspectos sociales.
Esto cambió sustancialmente en los comienzos del siglo XX, por la incorporación de lectores populares (especialmente mujeres) y por la aparición de la radio.
En ese contexto el teléfono también comenzó a ganar espacio y fue el primer medio de comunicación (persona a persona) que abrió un espacio de comunicación extrahogareño, clave sobre todo para quienes estaban dentro del hogar: las mujeres y los niños. El teléfono permitió la creación de lazos sociales sin salir del hogar.
Pero fue en la segunda mitad del siglo XX donde se produjo –como todos ustedes saben- la verdadera revolución doméstica en materia de introducción de nuevas tecnologías.
De este modo, la estructura familiar, económica y de poder en los hogares cambió radicalmente desde aquel hogar burgués del siglo XVIII hasta las casas pobladas de tecnologías electrónicas y digitales que conocemos hoy.
Y lo más importante no es solo la magnitud de este cambio (en los últimos veinte años ingresaron a nuestros hogares más tecnologías que en toda la historia de la humanidad) sino que se trata de un cambio que involucra un fenómeno social y cultural absolutamente nuevo.
La televisión, las videos hogareñas, las tecnologías informáticas digitalizadas y todos sus entornos (conocidos también como periféricos) han dotado a las casas de una fisonomía completamente nueva.
Nuestros hogares se han llenado de cables, pantallas, conexiones y sonidos que nos obligan a pensar el espacio íntimo hogareño de una manera totalmente nueva. Algunos autores denominan a este fenómeno como la creación de las telecasas, término que resultó atractivo en su momento pero que hoy debemos también repensar.
En realidad, las transformaciones que estamos viviendo son más significativas de las que suponíamos hace algunos años porque se dan en un contexto de cambio del poder en el espacio doméstico.
En lo que se refiere a las estructuras de poder, el declive de la autoridad paterna como efecto del reposicionamiento de la mujer en el mercado de trabajo, en el acceso y la producción del conocimiento y en el nuevo espacio público, sumado a los cambios que están produciendo la globalización y los procesos de mundialización, ha provocado un cambio en los roles familiares tradicionales y nos obliga a mirar a los hogares de manera distinta.
Este re-ordenamiento del espacio social público y privado reconoce ámbitos nuevos también para el derecho (que da lugar a nuevas identidades); nos referimos a los derechos de última generación: derechos del niño, de la mujer, del uso del cuerpo, de las minorías étnicas y lingüísticas, etc.
Como todos ustedes saben, el niño es un invento del siglo XVIII, pero en la segunda mitad del siglo XX se produjo otro invento que podemos denominar la cultura juvenil, que supone la creación de nuevos lenguajes, circuitos culturales, vestimentas, gustos musicales, hábitos de consumo, instituciones sociales, espacios urbanos, ideologías y estructuras propias de poder, que de alguna forma se reflejan en el hogar bajo la forma de una nueva configuración de territorios que, hasta hace poco, estaban bajo la hegemonía de los adultos y que hoy aparecen como “territorios liberados”.
El adolescente está sufriendo cambios significativos en su estructura psicológica, su lugar en la sociedad y sus espacios en el hogar. Allí marcan un territorio, lo pueblan de tecnologías y establecen un sistema de “privacidad dentro de la privacidad” que lo vuelven incomparable con lo que conocimos en los años 50 o 60 del siglo XX.
Antes, los jóvenes pretendían una vida privada y propia fuera del hogar de origen: hoy muchos jóvenes pretenden fundar una territorialidad de nuevo tipo sin abandonar la casa familiar.
Por todo lo dicho, en los últimos treinta años no podemos hablar solamente de una transformación del hábitat como espacio físico, sino de una verdadera revolución de la vida doméstica, que rompe límites físicos y temporales que caracterizaron al hogar burgués en la modernidad.
Estamos ante un nuevo concepto de casa: “en lugar de seguir pensando en las puertas y ventanas de los edificios clásicos como vías de intercomunicación entre el hogar y el exterior, debemos centrarnos en estos nuevos artefactos electrónicos que están subvirtiendo la distinción entre lo privado y lo público. Lo que se está produciendo es una auténtica re-estructuración de los hogares, que genera nuevas estancias que enlazan las casas con puntos geográficamente alejados”.
Los cambios en el poder hogareño, el impacto de las nuevas tecnologías, el espacio público como espacio hostil o de amenaza y la revolución que introducen las tecnologías digitales en materia de nuevos lenguajes, valores, formas de comunicación interpersonal, etc., nos obliga a pensar en una nueva cartografía social en la que los individuos circulan por espacios públicos y privados que ya no tienen al hogar como una frontera inexpugnable.
Tal vez debamos cambiar las denominaciones clásicas del espacio doméstico (living, comedor, cocina, dormitorios y cuartos de baño) para analizar estas nuevas estancias como nodos de una red de comunicación donde cada espacio se define a partir de las tecnologías que los habitan, las reglas de poder que los rigen y los sistemas de ingresos y egresos (reales o virtuales) que los distintos habitantes de la casa establecen al ocuparlos. Lo que para un habitante del hogar puede ser un dormitorio (lugar para dormir), para otro puede ser el nuevo espacio público de reunión con sus distintos vínculos afectivos.

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